La Ciudad de Dios

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Por lo que a éste se refiere, nace de la misma muchedumbre, toda condenada a causa del pecado de origen. Pero como alfarero (no descarada, sino prudentemente, trae a colación el Apóstol este símil) hizo Dios de la misma arcilla una vasija de honor y otra de ignominia². Pero fue primero la vasija de ignominia y luego la de honor, para indicarnos, como he dicho, que en ese mismo hombre está primero lo reprobable, de donde hemos de partir y donde no podemos permanecer; luego viene lo bueno, adonde llegamos en nuestro progreso y donde permaneceremos después de llegar.

Por tanto, no todo hombre malo llegará a ser bueno, pero nadie llegará a ser bueno si no era malo. Y cuanto con mayor celeridad se haga uno mejor, con tanta mayor rapidez se destaca lo que ha tomado y sustituye el calificativo anterior por el posterior.

Se dijo de Caín que había fundado una ciudad³, y, en cambio, Abel, como peregrino, no la fundó. La ciudad de los santos es, en efecto, la celeste, aunque aquí da a luz a sus ciudadanos, en los cuales es peregrina, hasta que llegue el tiempo de su reino. Entonces los reunirá a todos, resucitados en sus cuerpos, dándoles el reino prometido. En él reinarán sin límites ya de tiempo, con su soberano, el Rey de los siglos.

CAPÍTULO II

Hijos de la carne e hijos de la promesa


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