La Ciudad de Dios

La Ciudad de Dios

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Y así, después de la bendición de los dos hijos de Noé y de la maldición del hijo segundo, no se vuelve a hablar hasta Abrahán de justo alguno por más de mil años. No precisamente, pienso yo, porque no los haya habido; y sería tarea muy larga mencionarlos a todos, y aparecería esto más bien diligencia histórica que profética providencia. Por ello, el autor de las sagradas letras, o mejor, el Espíritu Dios por él, consigna hechos que tuvieron lugar, desde luego, pero que a la vez anuncian cosas futuras, referentes ciertamente a la ciudad de Dios. Aun lo que se dice de los hombres que no son sus moradores, se escribe con la intención de que resalte ella o se ponga de relieve con el contraste.

Con todo, no se vaya a pensar que cuanto se narra como realizado tiene alguna significación: algunas cosas que no tienen significación determinada se han escrito por las que la tienen. Vemos que sólo la reja remueve la tierra; pero para realizar esto son necesarias las otras partes del arado; y sólo las cuerdas son aptas para el sonido musical en las cítaras y demás instrumentos; pero para que puedan adaptarse se encuentran las otras piezas en la estructura de los órganos, que ciertamente no son pulsadas por los artistas, pero se conectan con las que son pulsadas y hacen resonancia. Lo mismo sucede en la profecía histórica: se expresan algunas cosas que no tienen significación especial, pero se unen a ellas y se acoplan en cierto modo las que significan algo.


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