La Ciudad de Dios

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Así, pues, como no se puede negar que todos ésos proceden de un solo hombre, así es preciso confesar que tienen su origen en aquel único padre de todos cuantos pueblos se dice haberse desviado, por sus diferencias corporales, del curso ordinario de la naturaleza, conservado en la inmensa mayoría; siempre, claro es, que estén incluidos en aquella definición de animales racionales y mortales. Suponiendo también que es verdad cuanto se dice de la variedad de pueblos y la diversidad tan grande con respecto a nosotros. En efecto, si no supiésemos que los monos, los micos, las esfinges no son hombres, sino bestias, podrían los historiadores, gloriándose de su curiosidad, presentárnoslos con impune insensatez como razas humanas.

Pero, si son hombres aquellos de quienes se han escrito esas extrañas propiedades, ¿por qué Dios no pudo crear algunos pueblos así? Evitaría de ese modo nuestra posible creencia de que en tales monstruos, nacidos entre nosotros evidentemente del hombre, se había equivocado su sabiduría, autora de la naturaleza humana, como le ocurre a un artista de poca pericia. Por consiguiente, no debe parecernos absurdo que, así como hay en algunas razas hombres-monstruos, así pueda haber en todo el género humano pueblos-monstruos. Para concluir con prudencia y cautela: o los monstruos tan raros que se citan de algunos pueblos no existen en absoluto; o, si existen, no son hombres, y si son hombres, proceden de Adán.


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