La Ciudad de Dios

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Desechamos, pues, la idea de que son los tiempos de Salomón los anunciados en esta promesa, y mucho menos los de cualquier otro rey. Ninguno de ellos reinó en una paz tan grande como la suya; ni jamás aquel pueblo tuvo tal dominio del reino que no estuviera preocupado por la sumisión a los enemigos, ya que, en la volubilidad de las cosas humanas, ningún pueblo tuvo nunca tal seguridad que se viera libre de ataques funestos a su vida. Por consiguiente, el lugar prometido de mansión tan pacífica y segura es eterno y se debe a los moradores eternos de la madre libre Jerusalén, donde estará el verdadero pueblo de Israel; porque este nombre significa «el que ve a Dios». Por el deseo de este pueblo es preciso llevar una vida santa por la fe en este peregrinar lleno de miserias.

CAPÍTULO XIV

Empeño de David en la disposición y misterio de los salmos






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