La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Desarrollándose así a través de los tiempos la ciudad de Dios, reinó David primeramente en la Jerusalén terrena, sombra del futuro. Era David hombre erudito en el arte del canto, y amaba la armonía musical, no por un deleite vulgar, sino por sentimiento religioso, sirviendo en ella a su Dios, el verdadero Dios, en transporte místico de una gran realidad. Porque el concierto apropiado y moderado de los diversos sonidos manifiesta con su armoniosa variedad la unidad compacta de una ciudad bien ordenada. Casi todas sus profecías se encuentran en los salmos, que en número de ciento cincuenta tenemos en un libro llamado «Salterio».
Piensan algunos que de esos salmos sólo son de David los que llevan su nombre. Otros creen que no han sido compuestos por él sino los que llevan la inscripción Del mismo David, y, en cambio, los que tienen en el título al mismo David, compuestos por otros, habrían sido colocados bajo su nombre. Esta opinión queda refutada por boca del mismo Salvador cuando dice que el mismo David anunció en el espíritu que Cristo es su Dios84, y esto es precisamente el comienzo del salmo ciento nueve: Oráculo del Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies85. Y este salmo no tiene precisamente el título Del mismo David, sino, como muchísimos, Al mismo David.