La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Pero los judíos piensan que el Cristo que esperan no ha de morir. Por eso no creen que el nuestro es el anunciado por la Ley y los Profetas, sino no sé qué otro suyo, que se figuran ajeno a la prueba de la muerte. Y así sostienen con sorprendente ingenuidad y ceguera que las palabras citadas no significan la muerte y la resurrección, sino el sueño y el despertar. Pero bien claro les grita el salmo decimoquinto: Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa en la esperanza. Porque no abandonarás mi alma en el abismo ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción103. ¿Quién sino el que resucitó al tercer día podía decir que su carne había descansado con la esperanza de no ser abandonada por su alma en el Infierno, sino de ser vivificada al tornar ésta a fin de que no se corrompiese como se corrompen los cadáveres? Ciertamente no pueden aplicar esto al profeta y rey David.