La Ciudad de Dios

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Sin embargo, el gran crimen que iban a cometer no había de quedar impune, como lo indican los versos siguientes: Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme; es decir, me ha pisoteado. Pero Tú, Señor, apiádate de mí, haz que pueda levantarme para que yo les dé su merecido99. ¿Quién puede negar esto viendo a los judíos tras la muerte y la resurrección de Cristo arrancados de raíz de sus moradas con los estragos y destrucción de la guerra? Pues el que había sido muerto por ellos resucitó infligiéndoles un correctivo corporal, a más del que reserva para los incorregibles, cuando venga a juzgar a los vivos y a los muertos. El mismo Señor Jesús, descubriendo a los apóstoles el traidor al alargarle el pan100, mencionó el verso de este salmo diciendo que se cumplía en sí mismo: El que compartía mi pan es el primero en traicionarme. Aquello de quien yo me fiaba no conviene a la cabeza, sino al cuerpo, pues el Salvador conocía a aquel de quien ya había dicho antes: Uno de vosotros es un diablo101. Pero acostumbra a referir a sí la persona de sus miembros y atribuirse lo que es de ellos, porque la cabeza y el cuerpo son un solo Cristo. Y por eso aquello del Evangelio: Tuve hambre y me disteis de comer, que explica diciendo: Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de ésos más humildes, lo hicisteis conmigo102. Así dijo que había esperado lo que habían esperado de Judas sus discípulos cuando fue agregado a los apóstoles.


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