La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. Tampoco los oráculos de los salmos pasaron en silencio su resurrección. ¿Qué significa si no lo que en nombre suyo se canta en el salmo tercero: Yo me dormí y me entregué a un profundo sueño, y me levanté porque el Señor me tomó bajo su amparo?98 ¿Puede alguien errar tanto hasta pensar que el profeta quiso indicarnos algo grande por lo de dormir y levantarse, si este sueño no fuese la muerte, y el despertar la resurrección, que fue preciso profetizar en tales términos de Cristo? Esto se pone mucho más de manifiesto en el salmo 40, donde, según la costumbre, se narran en la persona del mismo Mediador como pasadas las cosas que se profetizan como futuras, porque las que habían de venir se tomaban ya en la predestinación y presciencia de Dios como realizadas, por ser seguras. Dice: Mis enemigos me desean lo peor: A ver si se muere y se acaba su apellido. El que viene a verme habla con fingimiento, disimula su mala intención; y cuando sale afuera la dice. Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros: ¿Acaso el que duerme ha de volver a levantarse? Cierto, estas palabras no tienen otro sentido que: ¿acaso el que muere ha de resucitar? Pues lo que antecede demuestra que sus enemigos habían pensado y preparado su muerte, y que esto había sido llevado a cabo por el que entraba a ver y salía a traicionar. ¿A quién no se le ocurre pensar que éste es Judas, hecho de discípulo, traidor? Y como habían de hacer lo que maquinaban, es decir, le habían de dar muerte, demostrándoles la ineficacia de su malicia al tratar de dar muerte en vano al que había de resucitar, añadió ese verso como diciendo: «¿Qué hacéis, necios? Vuestro crimen será mi sueño». ¿Acaso el que duerme ha de volver a levantarse?