La Ciudad de Dios

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Al resistir tenazmente los judíos a los testimonios tan claros de esta profecía, aun después de su cumplimiento tan evidente y cierto, bien se cumple en ellos lo que está escrito en el salmo que sigue a éste. Refiriéndose allí proféticamente a la persona de Cristo, las cosas que pertenecen a su Pasión, se menciona lo que está claro en el Evangelio: En mi comida echaron hiel; para mi sed me dieron vinagre106. Y como tras el ofrecimiento de tal banquete y de semejantes viandas añade a continuación: Que su mesa les sirva de trampa; sus manjares, de lazo; que sus ojos se nublen y no vean, que su espalda siempre flaquee107, etc. Palabras que no expresan un deseo, sino una profecía bajo la apariencia de un deseo. ¿Qué es, pues, de maravillar no vean cosas tan patentes quienes tienen los ojos oscurecidos para no ver? ¿Qué es de maravillar no miren las cosas de arriba quienes tienen la espalda siempre encorvada, forzados a inclinarse a las cosas terrenas? Por estas comparaciones con el cuerpo se significan los vicios del alma.

Para no excederme basta con lo dicho acerca de los salmos, es decir, sobre la profecía del rey David. Y tengan la bondad de disculparme al leer estas cosas los entendidos, y no se lamenten si comprenden o piensan que he pasado por alto otras quizá más importantes.

CAPÍTULO XX


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