La Ciudad de Dios

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No obstante, a estos débiles les dice lo que sigue: Dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia115. Hacerse partícipes de esta mesa es comenzar a tener vida. Pues en lo que dice en otro libro, el del Eclesiastés: El único bien del hombre es comer y beber116, ¿se puede creer -dijo- algo más digno de crédito que lo que pertenece a la participación de esta mesa, que el mismo Mediador del Nuevo Testamento nos presenta, según el rito de Melquisedec, abastecida de su cuerpo y de su sangre? Porque este sacrificio sucedió a todos aquellos sacrificios del Antiguo Testamento, que se inmolaban como sombra del futuro. Por lo cual reconocemos también en el salmo 39 la voz del mismo Mediador que habla por boca del profeta: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has dado un cuerpo perfecto117. En efecto, en lugar de todos aquellos sacrificios y ofrendas, se ofrece su cuerpo y se administra a los que comulgan.

Este Eclesiastés, en su teoría del comer y beber, que repite frecuentemente y recomienda mucho, muestra bien claramente que no se refiere al placer de los banquetes carnales, según aquello: Más vale visitar la casa en duelo que la casa en fiestas; y aún poco después: El sabio piensa en la casa en duelo, el necio piensa en la casa en fiesta118.


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