La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios El rey de Israel, Jeroboán, no confió, por su perversidad, en Dios, cuya veracidad había probado al prometerle y darle a él el reino. Temió, en efecto, que yendo al templo de Dios, que estaba en Jerusalén, adonde tenía que acudir todo aquel pueblo, según la ley, para sacrificar, fuera seducido éste y sometido a la estirpe de David como descendencia real. Estableció la idolatría en su reino y, con nefasta impiedad, arrastró consigo al pueblo de Dios ligándolo con el culto de los simulacros. No cesó Dios, sin embargo, de argüir por medio de los profetas no sólo a aquel rey, sino también a sus sucesores e imitadores de su impiedad, lo mismo que al pueblo. Allí surgieron aquellos grandes e insignes profetas Elías y su discípulo Eliseo, que realizaron también muchas maravillas. Allí también, al decir Elías: Señor, han asesinado a tus profetas, han derruido tus altares; sólo quedo yo, y me buscan para matarme125, se le respondió que había allí siete mil varones que no habían doblado la rodilla ante Baal.
CAPÍTULO XXIII
Vicisitudes de los dos reinos de los hebreos, hasta que ambos fueron llevados en distinta fecha a la cautividad; vuelta después Judá a su reino, pasó últimamente al poder de los romanos