La Ciudad de Dios

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Tampoco faltaron profetas en Judá, que pertenecía a Jerusalén, en la sucesión de sus reyes, según le plugo al Señor enviarlos, ya para anunciar lo que fuese necesario, ya para corregir los pecados y recomendar la justicia. También allí, aunque mucho menos que en Israel, hubo reyes que ofendieron gravemente a Dios con sus pecados, y fueron castigados más benignamente con el pueblo que los imitaba. Cierto que también hubo reyes piadosos, cuyos grandes méritos son alabados. En cambio, entre los reyes de Israel, unos más, otros menos, los encontramos a todos reprobables.

Una parte y la otra, según ordenaba o permitía la divina Providencia, ya se veían levantadas con la prosperidad, ya abatidas por la desgracia. Y a tal punto llegaba la angustia, no sólo con guerras exteriores, sino también civiles, que se ponía de manifiesto la misericordia o la cólera de Dios a tenor de las causas que provocaban una u otra; hasta que creciendo su indignación, todo aquel pueblo no sólo fue derrocado en sus tierras por los caldeos, sino también trasladado en su mayor parte a las tierras de los asirios, donde durante setenta años vivió en la cautividad: fue primero llevada la parte llamada Israel, integrada por diez tribus, y luego también Judá, tras la destrucción de Jerusalén y su nobilísimo templo.


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