La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios He prometido que iba a escribir sobre el origen, desarrollo y destinos de las dos ciudades, la de Dios y la de este mundo; en ésta se encuentra al presente la primera como peregrina en cuanto se relaciona con el género humano. Antes, es cierto, tenía que refutar, con la ayuda de la gracia, a los enemigos de la ciudad de Dios, que anteponen sus dioses al fundador de aquélla, Cristo, y recomidos de odio feroz miran con terrible envidia a los cristianos; esto lo he llevado a cabo en los diez primeros libros.
Sobre las tres cuestiones de esa mi promesa que acabo de mencionar, se ha expuesto el origen de las dos ciudades en los cuatro libros que siguen al X; luego, en otro, el XV de esta obra, se trató de su desarrollo desde el primer hombre hasta el diluvio; y desde entonces hasta Abrahán ambas ciudades, como en el tiempo, marcharon de nuevo juntas también en mis escritos. Pero a partir de Abrahán hasta el tiempo de los reyes israelitas, donde concluimos el libro XVI, y desde entonces hasta la venida del mismo Salvador en la carne, hasta donde se extiende el libro XVII, ya parece que en mi obra sigue sola la ciudad de Dios. Aunque en realidad no ha seguido sola, sino que ambas, como fueron idénticas al principio, así han ido variando juntas su desarrollo en el tiempo.