La Ciudad de Dios

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En cambio, al buey que los egipcios, engañados en su extraña ilusión, alimentaban con abundosos y exquisitos manjares en honor del dios; a ese buey, como lo veneraban sin sepulcro, lo llamaron Apis, no Serapis. Muerto este buey, al buscar y encontrar un novillo del mismo color, es decir, salpicado de un modo semejante con manchas blancas, lo tenían por un don maravilloso y divino. No era difícil a los demonios, para engañarlos a ellos, mostrar a la vaca ya preñada y en gestación, la imagen de toro semejante, sin ver otra cosa alguna, y con la cual el ansia maternal hiciera aparecer en su feto esa imagen corporal; lo mismo, ni más ni menos, que Jacob con las varas multicolores hizo nacer ovejas y cabras variopintas². En efecto, lo que los hombres pueden conseguir con verdaderos colores y cuerpos, con toda facilidad pueden los demonios presentarlo con imágenes fingidas al concebir los animales.

CAPÍTULO VI

Quién era el rey de Argos y quién el de Asiria a la muerte de Jacob en Egipto





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