La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios De todos modos, Marco Varrón no quiere dar fe a esas ficciones fabulosas que tan poco honran a los dioses por temor de contagiarse con alguna indignidad sobre la dignidad de la majestad de los mismos. Por eso, al tratar del Areópago, donde discutió San Pablo5 con los atenienses y del cual toman su nombre de areopagitas los jueces de la misma ciudad, no quiere que haya recibido ese nombre porque Marte, que en griego se llama Ἄρης, siendo reo del crimen de homicidio, fue absuelto en ese lugar por seis votos, siendo doce los dioses (de hecho, si los votos eran iguales, solía preferirse la absolución a la condenación). Y así, frente a esta opinión, que es mucho más admitida, apoyado en oscuros documentos, se afana por buscar otra base para este nombre, a fin de que no se crea que los atenienses lo han llamado Areópago por los nombres de Marte y de pago, como si dijéramos «el lugar de Marte», redundando todo ello en desdoro de las divinidades, de las cuales procura alejar toda suerte de litigios y altercados. Y afirma que no es menos falso esto que se dice de Marte que lo que se cuenta de las tres diosas Juno, Minerva y Venus cuando contendieron ante Paris como juez por la excelencia de su hermosura en vistas a la manzana de oro; así como lo son también todos esos cánticos y danzas que entre los aplausos de los espectadores se celebran en las representaciones para aplacar a los dioses, que se complacen en estos sus crímenes, verdaderos o falsos.