La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Existieron también durante este tiempo los poetas que se llamarían teólogos por haber compuesto poemas sobre los dioses; cierto, unos dioses tales que, aunque grandes, al fin sólo eran hombres, o elementos de este mundo creado por el Dios verdadero, o constituidos entre las autoridades y poderes por voluntad de Dios y sus propios méritos. Y si entre las muchas tonterías y falsedades cantaron algo del único Dios verdadero, honrando junto con Él a otros que no son dioses, prestándoles la servidumbre solamente debida a Dios, no le sirvieron debidamente ni lograron abstenerse de la fabulosa indignidad de sus dioses hasta incluso los mismos Orfeo, Museo, Lino. Cierto que estos teólogos dieron culto a los dioses, pero no fueron honrados como dioses; aunque a Orfeo no sé por qué título le suele poner la ciudad de los impíos al frente de los infiernos sagrados, o mejor, sacrílegos. Por lo que se refiere a la esposa del rey Atamante, llamada Ino, y a su hijo Melicertes, murieron en el mar precipitándose voluntariamente, y fueron elevados a la categoría de dioses por la opinión pública; como también lo fueron otros hombres, Cástor y Pólux, de aquellos tiempos. A esa madre de Melicertes la llaman los griegos Leucotea y los latinos, Matuta, aunque teniéndola unos y otros por diosa.
CAPÍTULO XV