La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Después de la destrucción de Troya, famosa destrucción cantada por todas partes y conocida incluso por los niños, desastre tan brillantemente divulgado y publicado por la magnitud de la empresa y excelencia de los escritores, llevado a cabo cuando ya reinaba Latino, hijo de Fauno, del cual comenzó el nombre de los latinos, cesando el de los Laurentes; tras esa destrucción, los griegos vencedores, abandonando Troya destruida y tornando a su patria, se vieron destrozados y triturados con varios y horrendos desastres. Y, no obstante, hasta por esas calamidades aumentaron el número de sus dioses. Así, hicieron dios a Diomedes, de quien dicen no tornó a los suyos a causa de un castigo de origen divino; y, asimismo, afirman que sus compañeros fueron convertidos en pájaros, y esto lo tienen no como leyenda mítica, sino como historia comprobada. Dicen de éstos que ni Diomedes -hecho, según ellos, dios- pudo tornarlos a su naturaleza humana ni como novel habitante del cielo lo consiguió de su rey Júpiter. Dicen más: que tiene su templo en la isla Diomedea, no lejos del monte Gárgano, en la Apulia, y que en torno a este templo vuelan y habitan esas aves con un encanto tan admirable, que llenan sus picos de agua, rociándolo luego con ella. Más aún: si se llegan a él griegos o descendientes de griegos, esas aves no sólo se quedan quietas, sino que hasta los acarician. En cambio, si ven a extranjeros, vuelan sobre sus cabezas y los hieren con tan duros golpes que llegan hasta a matarlos. Se dice, en efecto, que están armadas de picos duros y grandes como para estos ataques.