La Ciudad de Dios

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Contaba un tal Prestancio lo que le había sucedido a su padre; había tomado en su casa aquel veneno introducido en el queso y se quedó en el lecho como dormido; sin embargo, no podía ser despertado de ninguna manera. Pasados algunos días decía que había despertado como de un sueño, y que había referido como si fueran sueños lo que había pasado, a saber: había sido convertido en caballo, que había llevado con otras acémilas la provisión para ciertos soldados, provisión que llaman rética por ser llevada a la Retia. Según su descripción, se comprobó que había sucedido así, aunque a él mismo le parecían sueños suyos.

Contó también otro que había visto en su casa por la noche, antes del descanso, cómo venía a él un filósofo muy conocido suyo y que le había explicado ciertas doctrinas platónicas, que había rehusado ante sus ruegos explicarle antes. Preguntando al mismo filósofo por qué había hecho en casa del primero lo que se había negado a hacer en la suya, recibió esta respuesta: «No lo hice; soñé que lo había hecho». De esta manera, mediante una imagen fantástica, se le mostró al que estaba en vela lo que el otro vio en sueños.




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