La Ciudad de Dios

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Si todavía intentamos remontarnos a tiempos más antiguos, antes del famoso diluvio universal, existía ya nuestro patriarca Noé, que no sin razón podríamos llamar profeta. En efecto, el arca que construyó, y en la que se salvó con los suyos, fue una profecía de nuestros tiempos. Y ¿qué decir de Henoc, el séptimo a partir de Adán? ¿No se dice en la epístola canónica del apóstol Judas que también él profetizó?70 Si sus escritos no han sido recibidos en el canon ni entre los judíos ni entre nosotros, es debido a su excesiva antigüedad, que podría hacerlos sospechosos de poner cosas falsas por verdaderas. Así, se han publicado en su nombre algunas cosas por aquellos que a su arbitrio creen sin distinción lo que quieren. No pudo la pureza del canon admitir esas cosas, no como reprobación de la autoridad de esos hombres que agradaron a Dios, sino porque no se creía que les pertenecieran a ellos.








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