La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Por otra parte, ¿qué fundador hay de secta alguna, en esta ciudad adoradora de los demonios, tan de fiar que haya que rechazar a todos los que han tenido diversas o contrarias ideas? ¿No florecían en Atenas los epicúreos, sosteniendo que las cosas humanas no eran de incumbencia de los dioses, y los estoicos, que, al contrario, sostenían que ellas eran gobernadas y protegidas por los dioses, sus autores y defensores? Me maravillo de que Anaxágoras fuera tenido como reo al decir que el sol era una piedra ardiente, negando a Dios; y mientras, florecía con toda tranquilidad en la misma ciudad Epicuro, que no creía en la divinidad del sol ni de astro alguno, y negaba a la vez que morase en el mundo Júpiter o algún otro dios a quien puedan llegar las oraciones suplicantes de los hombres. ¿No descolló allí Aristipo, que cifraba el bien supremo en el placer del cuerpo; y Antístenes, afirmando que el hombre llegaba a la felicidad precisamente por la virtud del espíritu, filósofos ambos bien conocidos y ambos discípulos de Sócrates, haciendo consistir el ideal de la vida en fines tan diversos y contrarios entre sí? ¿No se procuraba cada uno discípulos que continuasen su escuela, diciendo el uno que se había de huir de la administración del Estado, y exigiendo el otro que era de incumbencia del sabio la política?