La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Allí públicamente, en el ilustre y celebérrimo pórtico, en los gimnasios, en los jardines, en los lugares públicos y privados, defendía cada uno coreado por sus secuaces sus propias opiniones: unos afirmaban que existía un solo mundo; otros, que innumerables; unos, que ese mismo mundo único tuvo un principio; otros, que no lo había tenido; éstos, que había de desaparecer; aquéllos, que existiría siempre; unos, que era gobernado por una mente divina; otros, que por la suerte y el azar; los unos, que las almas eran inmortales; los otros, que eran mortales; y los que las tenían por inmortales, decían unos que se convertían en bestias; otros, que de ningún modo; en cambio, los que las tenían por mortales, éstos decían que morían después del cuerpo, y aquéllos que vivían incluso después del cuerpo, poco o mucho, aunque no para siempre; unos, que establecían el bien supremo en el cuerpo; otros, en el alma; otros, en uno y otro, añadiendo otros al alma y al cuerpo también bienes del exterior; juzgando unos se había de dar siempre fe a los sentidos del cuerpo, diciendo otros que no siempre, y afirmando otros que nunca.