La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Ni creo que los mismos judíos pretendan osadamente que nadie ha pertenecido al pueblo de Dios fuera de los israelitas, de donde comenzó la descendencia de Israel, con la reprobación del hermano mayor. En efecto, no hubo otro pueblo que propiamente fuera llamado pueblo de Dios; pero no podemos negar que hubo también en los otros pueblos algunos hombres que pertenecieron, por comunicación no terrena, sino celeste, a los verdaderos israelitas ciudadanos de la patria celeste. Si se atrevieran a negar esto, se les convencería fácilmente con el santo y admirable Job, que no era indígena ni prosélito, esto es, advenedizo del pueblo de Israel, sino que procedía de la nación idumea, donde había nacido y donde murió. Y, sin embargo, es tal la alabanza que le tributan las divinas letras que ningún coetáneo suyo se le puede igualar en santidad y piedad83. Sobre el tiempo de su existencia nada encontramos en las Crónicas; sin embargo, atendiendo a su libro, que por su valor admitieron los israelitas en el canon, podemos colegir que vivió tres generaciones después de Israel.