La Ciudad de Dios

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No puedo dudar que la divina Providencia intentó por medio de éste hacernos sabedores de que pudieron existir también entre otros pueblos quienes vivieron según Dios y le agradaron, perteneciendo, por tanto, a la Jerusalén espiritual. Cierto que no se debe creer haya sido concedido esto a nadie, sino a quien Dios ha revelado al único mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Su venida en la carne fue anunciada a los santos antiguos como se nos anunció a nosotros ya su presencia. Así será una única fe en Él mismo la que lleve a Dios a todos los predestinados a la ciudad de Dios, a la casa de Dios, al templo de Dios. Cierto que las profecías de otros acerca de la gracia de Dios por Cristo Jesús pueden tomarse como preparadas por los cristianos. Por eso, si hay quien suscite controversias sobre esto, el argumento más fuerte para convencer a los extraños y hacerlos nuestros, si obran con rectitud, es que se divulguen precisamente las profecías divinas sobre Cristo que están escritas en los libros de los judíos. Es claro que arrancados éstos de sus lares y dispersados por el orbe entero para dar este testimonio, se ha extendido por todas partes la Iglesia de Cristo.

CAPÍTULO XLVIII

La profecía de Ageo: en ella se dijo que la gloria futura de la casa de Dios sería mayor que lo había sido antes; no llega a su cumplimiento en la reedificación del templo, sino en la Iglesia de Cristo


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