La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Quisiera resumir brevemente todo esto. Para ello es preciso partir del principio que él señala en su libro: hay cuatro cosas a las que el hombre tiende como impulsado por una natural apetencia, sin necesidad de maestro, sin ayuda de doctrinas, sin habilidad especial o arte de vivir, llamada virtud, y que, por supuesto, se llega a adquirir. Estas cosas son: o bien el placer, que hace agradable el ejercicio de los sentidos corporales, o bien la tranquilidad, por la que se logra la ausencia de toda molestia corporal; o bien ambos a la vez, designados por Epicuro con el único nombre de placer; o bien, de una forma general, los principios básicos de la naturaleza, que comprenden estas y otras cosas, tanto en el cuerpo (por ejemplo, la integridad de los miembros, su salud y su perfección), como en el espíritu (por ejemplo, las dotes, grandes o pequeñas, de ingenio humano).
Estas cuatro cosas, el placer, la tranquilidad, ambas a la vez, y los principios básicos de nuestra naturaleza, se hallan en nosotros de tal forma que la virtud, inculcada más tarde por diversas doctrinas, se ha de buscar por ellas, o bien ellas por la virtud, o bien una y otras por sí mismas. Así es como ya tenemos doce sectas, multiplicando cada una de las cuatro por este razonamiento. Demostrándolo en una de ellas no será difícil hacerlo en las demás.