La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Puesto que el placer corporal está o sometido a la virtud del espíritu, o dominándola, o asociado a ella, se triplica la variedad de sectas. El placer se somete a la virtud cuando se pone a su disposición. Por ejemplo, es propio de la virtud el vivir para la patria, y por ella engendrar hijos: cosas ambas que llevan inherentes el placer corporal. En efecto, el alimento y la bebida, necesarios para la vida, no se toman sin placer. Dígase lo mismo del coito, con vistas a la generación.
En cambio, cuando el placer ejerce dominio sobre la virtud, se busca por sí mismo, y ésta se ejercita por él, de forma que la virtud nada realiza si no es para el logro o la conservación del placer corporal. Horrible vida ésta, por cierto, donde la virtud se esclaviza a su tirano, el placer. En rigor ya no hay razón alguna para llamarla virtud. Con todo, hay algunos filósofos que se erigen en portavoces y defensores de tan horrenda monstruosidad.