La Ciudad de Dios

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La presente vida del hombre, por ejemplo, que participa de la virtud y de los bienes restantes del cuerpo y del alma, sin los cuales la virtud no puede subsistir, se dice que es feliz. Y más feliz todavía cuando puede disfrutar de aquellos bienes, escasos o abundantes, que no son imprescindibles a la virtud. Pero cuando disfruta de todos los bienes, sin que le falte ninguno, ni del cuerpo ni del alma, la llamamos felicísima.

Pero no es lo mismo vida que virtud. En realidad, no toda vida es virtud, sino solamente la vida sabiamente llevada. Cualquier vida, es cierto, puede existir sin virtud alguna. En cambio, la virtud no puede darse sin vida alguna. Lo mismo podemos decir de la memoria y de la razón o de cualquier otra facultad humana. Existen antes de toda enseñanza. Sin embargo, no hay enseñanza posible sin ellas, y, por tanto, tampoco es posible la virtud, que, de hecho, es fruto de aprendizaje. En cambio, el saber correr bien, la belleza corporal, el disfrutar de una excelente fuerza física y otras cualidades del mismo orden pueden darse sin la virtud, y la virtud sin ellas. Pero son bienes, y como tales la virtud los estima por ella misma, según estos filósofos, sirviéndose de ellos y disfrutándolos según le es conveniente a ella.



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