La Ciudad de Dios

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De estos tres hombres hipotéticos elige el tercero, es decir, no el formado por alma solamente o por cuerpo, sino por los dos componentes a la vez. Por lo tanto, el bien supremo del hombre, el que le hace feliz, debe constar -afirma Varrón- de los bienes respectivos del cuerpo y del alma. Según esto, él cree que los principios de la naturaleza son apetecibles por sí mismos, como también la virtud, el arte de vivir, según nos inculca la enseñanza, y que entre los bienes del alma es el más excelente.

Así, pues, la virtud, que es el arte de gobernar la vida, al recibir los principios primordiales de la naturaleza, que existían sin ella, incluso cuando todavía les faltaba la enseñanza, tiende hacia todos ellos por sí misma con este fin: deleitarse y gozar de todos ellos, de unos más, de otros menos, según sean mayores o menores, y dejando a un lado algunos menos importantes, si fuera necesario, por conseguir o mantener los de mayor importancia. Con todo, no hay bien alguno ni del alma ni del cuerpo que la virtud anteponga a sí misma. Hace un recto uso de sí y de los demás bienes que dan la felicidad al hombre. En cambio, cuando falta la virtud, los bienes, por muchos que ellos sean, no sirven para el bien de quien los posee, y, por tanto, no merecen el nombre de bienes para quien, al usarlos desordenada-mente, no pueden serle útiles.


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