La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Éstas son las opiniones y las doctrinas de los antiguos académicos -afirma Varrón-, según escribe Antíoco, maestro de Cicerón y suyo, aunque de Cicerón se opina haber sido estoico en más ocasiones que viejo académico. Pero ¿qué más nos da a nosotros? Lo que debemos es juzgar las cosas mismas, en lugar de tener en gran estima saber lo que ha pensado cada hombre.
CAPÍTULO IV
Opinión de los cristianos acerca del sumo bien y del sumo mal, en contra de los filósofos que afirmaron estar en posesión del sumo bien en sí mismo
1. ¿Cuál es -se nos preguntará- la respuesta de la ciudad de Dios a todos estos interrogantes, comenzando por los supremos bienes y males? He aquí la respuesta: la vida eterna es el sumo bien; la muerte eterna, el sumo mal. Debemos, pues, vivir ordenadamente, de forma que consigamos aquélla y evitemos ésta. Está escrito: El justo, gracias a su fe, tiene vida¹. Nosotros, de hecho, no vemos todavía nuestro bien: es, por ello, necesario que lo busquemos mediante la fe. Ni tampoco la rectitud de vida nos viene de nosotros mismos, sino que a los que creen y a los que piden presta su ayuda el dador de nuestra misma fe, la cual, a su vez, nos hace creer en su ayuda.