La Ciudad de Dios

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3. Miremos ahora la virtud, que no cae dentro de los principios de la naturaleza, puesto que se les añade más tarde a través de la educación. Ella reclama para sí el primer puesto entre los bienes del hombre. ¿Y qué hace en este mundo sino una guerra sin tregua a los vicios, no los externos, sino los interiores; no los ajenos, sino más bien los propios de cada persona? Sobre todo, esa virtud que en griego se llamaσωφροσύνη y en latín temperantia (templanza), ¿no lucha contra las pasiones de la carne para ponerles freno, no sea que arrastren hacia alguna desgracia al espíritu que en ellas consiente? Sí, el vicio existe. Oigamos al Apóstol: Las apetencias carnales son contrarias al espíritu; a este vicio se opone la virtud, puesto que, como dice él mismo, las apetencias del espíritu son contrarias a la carne, porque los dos -dice él- están en conflicto. Resultado: que no hacéis lo que queréis4. ¿Y qué queremos nosotros cuando deseamos la consumación del bien supremo sino que las apetencias de la carne no sean contrarias a las del espíritu, y que desaparezca en nosotros el vicio contra el cual luchan las apetencias del espíritu? Y como en esta vida no somos capaces de ello, por más que lo intentamos, procuremos, al menos con la ayuda de Dios, no rendir el espíritu, cediendo a las apetencias carnales que están en pugna con él, ni dejarnos arrastrar conscientemente hacia la consumación del pecado.


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