La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Veamos también qué nos dice la virtud llamada fortaleza. Participará de toda la sabiduría que se quiera; pero es ella un testimonio irrefutable de los males humanos al sentirse obligada a tolerarlos con la paciencia. No comprendo cómo han tenido desfachatez los estoicos para negar que éstos son verdaderos males, llegando a reconocer que si se agrandasen hasta el punto de no poder o no deber soportarlos el sabio, está obligado a inferirse la muerte a sí mismo y emigrar de esta vida. En hombres como éstos, que pretenden encontrar aquí abajo el sumo bien y conseguir por sí mismos la felicidad, el orgullo ha llegado a un tal grado de aturdimiento, que el sabio según sus cánones, ese sabio que ellos describen con pinceladas de pasmosa vanidad, aunque llegue a quedarse ciego, sordo, mudo, paralítico, atormentado de dolores, cubierto, en fin, de todas las desgracias de este tipo que se puedan decir o imaginar, hasta el punto de sentirse obligado a suicidarse, todavía tienen la desfachatez de llamar bienaventurada a una vida así.