La Ciudad de Dios

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5. Hasta los mismos que confiesan ser males estos que hemos citado, como son los peripatéticos, como son los viejos académicos, de cuya secta Varrón se muestra defensor, hablan en términos más tolerables. Con todo, caen en un chocante error: el creer que la vida feliz se da en medio de todos esos males, aunque sean tan horrendos que se deben rehuir con el suicidio de quien los padece. «Males son -nos dice Varrón- los tormentos y suplicios corporales, y tanto peores cuanto mayores puedan ser. Para liberarte de ellos se hace necesario huir de esta vida». ¿De qué vida, por favor? «De esta vida -responde-, tiranizada por tamaños males». Entonces, ¿de verdad es feliz esta vida en medio de esos mismos males que la hacen, como tú dices, repulsiva? ¿O la llamas feliz porque tienes la posibilidad de escapar de esos males con la muerte? ¿Y qué te parece si por una decisión divina te vieras coaccionado a permanecer viviendo, sin posibilidad de morir ni de verte libre de tales sufrimientos? Me imagino que al menos así tú llamarías desdichada a una tal vida. No es precisamente feliz una vida por la posibilidad de abandonarla en seguida. Tú mismo la llamas desgraciada si fuera interminable. Ninguna desgracia, en realidad, nos debe parecer nula por ser breve, ni tampoco -lo que sería aún más absurdo- precisamente por ser breve una desgracia la vamos a llamar felicidad.



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