La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios ¡Qué fuerza tendrán estos males que -según estos filósofos- obligan al hombre, incluso al sabio, a privarse de aquello que le hace hombre! Dicen -y dicen bien- que éste es, por asà decirlo, el primer y más agudo grito de la naturaleza humana: mirar por sà mismo y huir instintivamente de la muerte; estimarse a sà mismo hasta el punto de desear con fuerte impulso continuar siendo un viviente y apetecer la unión de su alma con su cuerpo.
¡Qué fuerza tendrán estos males que arrancan el instinto natural que nos lleva a evitar la muerte por todos los medios, con todas nuestras fuerzas, con todos nuestros impulsos! Y lo vence de tal manera que lo que antes se trataba de evitar ahora se busca y se apetece, y si una mano ajena no se lo proporciona, el propio hombre se lo infiere a sà mismo.