La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Si hablamos de las virtudes verdaderas -y éstas nunca las podrán tener más que aquellos que vivan una vida auténticamente religiosa-, no se las dan de poderosas como para librar de toda miseria a los hombres que las poseen (no son mentirosas estas virtudes para proclamar esto); más bien procuran la felicidad de la vida humana -igual que su salvación- mediante la esperanza del siglo futuro, ella que en medio de tantas y tamañas calamidades se ve obligada a ser infeliz en este siglo. Porque, ¿cómo va a ser bienaventurada si aún no está a salvo? Por eso, Pablo, el apóstol, al referirse no ya a los hombres sin prudencia, ni paciencia, ni templanza, ni a los malvados, sino a los que llevan una vida verdaderamente religiosa, y con unas virtudes también auténticas, dice: Con esta esperanza nos salvamos. Ahora bien, una esperanza de lo que se ve ya no es esperanza. ¿Quién espera lo que ya ve? En cambio, si esperamos algo que no vemos, estamos aguardando, gracias a la paciencia5. Estamos salvados, pues, en esperanza, asà como somos bienaventurados en esperanza. Lo mismo la salvación que la bienaventuranza no las poseemos como presentes, sino que las esperamos como futuras, y esto gracias a la paciencia.Estamos en medio de males que debemos tolerar pacientemente hasta que lleguemos a los bienes aquellos donde todo será un gozo inefable, donde nada existirá que debamos ya soportar. Una tal salvación que tendrá lugar en el siglo futuro será precisamente la suprema felicidad. Y como estos filósofos no la ven, se niegan a creer en esta felicidad. Asà es como intentan fabricarse aquà una felicidad absolutamente quimérica sirviéndose de una virtud tanto más falseada cuanto más llena de orgullo.