La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios CAPÍTULO VI
Error de los juicios humanos cuando la verdad permanece oculta
¿Qué diremos de las sentencias emitidas por los hombres sobre los hombres que no pueden faltar en la vida ciudadana, por muy en paz que transcurra? ¿Qué idea nos hacemos de ellas? ¡Qué tristes, qué deplorables son! Emiten veredictos quienes no son capaces de ver la conciencia de los sometidos a juicio. Y, como consecuencia, para averiguar la verdad más de una vez se ven en la necesidad de someter a tortura a testigos inocentes en una causa que nada les concierne. ¿Y no es peor todavía cuando, por una causa propia, alguien es torturado, y por averiguar si es culpable se aplican tormentos, pagando el inocente unas ciertísimas penas por un delito incierto, no por descubrirse que lo ha cometido, sino por ignorarse que no lo ha cometido? He aquí que con frecuencia la ignorancia del juez es la desgracia del inocente. Pero lo que es aún más intolerable, lo que clama al cielo, lo que es digno de regarse, si fuera posible, con ríos de lágrimas, es que el juez torture a un acusado para no matar por ignorancia a un inocente, sucediendo, por la calamitosa ignorancia, que manda ajusticiar al torturado e inocente precisamente por haberlo hecho torturar en evitación de una muerte siendo inocente.