La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Si uno, en efecto, siguiendo la sabiduría de estos filósofos eligiera marcharse de esta vida antes que seguir soportando por más tiempo los tormentos, está confesando haber cometido lo que no había cometido. Una vez condenado y ajusticiado, todavía el juez ignora si acaba de matar a un inocente o a un culpable al someterlo a tortura para evitar la muerte de un inocente por ignorancia. Lo ha torturado para saber si era inocente, y lo ha matado porque no sabía si lo era. En tales tinieblas de la vida social, un juez con sabiduría ¿se sentará en el tribunal o no se sentará? Se sentará, naturalmente. Se lo impone y le arrastra al desempeño de este cargo la sociedad humana, a la que él tiene como un crimen abandonar. ¡Y, en cambio, no tiene como un crimen el torturar a testigos inocentes en causas ajenas! ¡Ni es un crimen para él castigar a aquellos que en el curso del interrogatorio, vencidos por la violencia de las torturas, y confesando falsamente su culpabilidad, ya eran inocentes cuando fueron torturados! ¡Ni tampoco el que algunos, aunque no sean condenados a muerte, mueren la mayoría de las veces en las torturas o a consecuencia de ellas! ¡Ni tiene como un crimen el que a veces los mismos acusadores, deseando quizá ser útiles a la sociedad humana, por no permitir la impunidad de los delitos, y a pesar de que dicen la verdad, no les es posible probar sus acusaciones por haber testigos falsos que se obstinan en la mentira, y por endurecerse el mismo reo en no confesar a pesar de los tormentos, son condenados por un juez que desconoce la verdad! Males como éstos, tan numerosos y de tanto volumen, no son tenidos como pecados para él. No realiza estos desmanes un juez lleno de sabiduría por el afán de hacer daño; es efecto de su ignorancia invencible, es efecto de su obligación de dar sentencia, a pesar de su ignorancia. ¡Pero se lo exige la humana sociedad! ¡He aquí, realmente, la miseria del hombre, bien que no la malicia del sabio! Y a él, que por una inevitable ignorancia, y por una sentencia obligatoria, tortura a inocentes, castiga a quienes no tienen culpa, ¿le parecerá poco el no sentirse reo, si es que no llega incluso a sentirse dichoso? ¡Cuánto más sensato y digno de un hombre puesto en tal necesidad sería reconocer la propia miseria y, aborreciéndola en sí mismo, clamar a Dios si le queda algún sentimiento de piedad: Sácame, Señor, de mis aprietos7.