La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero se han tomado medidas -se replicará- para que el Estado dominador imponga no sólo su yugo, sino también su propia lengua a las naciones sometidas, mediante tratados de paz, de manera que no falten, es más, haya abundancia de intérpretes. SÃ, es cierto. Pero todo esto ¿se ha conseguido? ¿Al precio de cuántas y cuán enormes guerras, de cuán descomunales catástrofes humanas, de cuánta sangre derramada? Y cuando todo esto ha pasado ya, todavÃa no ha terminado la desdicha de esas mismas calamidades. Porque, aunque no han faltado ni faltan naciones enemigas extranjeras contra las que siempre se ha estado en guerra -y se está-, no obstante, la extensión misma del Imperio ha engendrado guerras de peor clase: guerras de partidos, es decir, guerras civiles, que destrozan la Humanidad de la manera más triste, tanto cuando rompen las hostilidades, para terminar de una vez, como cuando viven en el temor de una nueva insurrección. Si yo pretendiera hacer una descripción del número y variedad de las catástrofes que tienen su origen en estas calamidades, de lo penoso y horrendo de sus inevitables secuelas, aunque serÃa incapaz de lograrlo como se merece, ¿hasta dónde nos llevarÃa este interminable discurso?