La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero el hombre instruido en la sabiduría -nos replicarán ellos- sólo declarará guerras justas. ¡Como si no debiera deplorar -si recuerda que es hombre- mucho más el hecho de tener que reconocer la existencia misma de guerras justas! Porque de no ser justas, nunca debería emprenderlas y, por tanto, para el hombre sabio no existiría guerra alguna. Es la injusticia del enemigo la que obliga al hombre formado en la sabiduría a declarar las guerras justas. Esta injusticia es la que el hombre debe deplorar por ser injusticia del hombre, aunque no diera origen necesariamente a una guerra. Males como éstos, tan enormes, tan horrendos, tan salvajes, cualquiera que los considere con dolor debe reconocer que son una desgracia. Pero el que llegue a sufrirlos o pensarlos sin sentir dolor en su alma, y siga creyéndose feliz, está en una desgracia mucho mayor: ha perdido hasta el sentimiento humano.
CAPÍTULO VIII
Inseguridad de la amistad entre los buenos, dados los temibles e inevitables peligros de esta vida