La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Después de lo dicho podemos concluir que nuestros supremos bienes consisten en la paz, de igual modo que lo habíamos afirmado de la vida eterna. En efecto, muy señaladamente en uno de los sagrados salmos, y refiriéndose a esta misma ciudad de Dios -objeto de esta nuestra exposición tan trabajosa-, se dice: Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión; que ha reforzado los cerrojos de puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti; ha puesto paz en tus fronteras¹². Cuando se hayan asegurado los cerrojos de sus puertas, ya nadie más entrará en ella, y nadie de ella saldrá ya. Por sus fronteras debemos entender aquí esa paz suprema que ahora intentamos explicar. Ya el misterioso nombre de la ciudad, Jerusalén, citado más arriba, significa «visión de paz». Pero dado que la palabra paz se utiliza con frecuencia incluso mezclada entre las realidades perecederas, en las que ciertamente no se halla la vida eterna, para designar el fin de esta ciudad, en el que consistirá su bien supremo, hemos preferido la expresión «vida eterna» más bien que «paz».