La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Dice el Apóstol a propósito del citado fin: Ahora, en cambio, emancipados del pecado, y entrados al servicio de Dios, tenéis como fruto la santificación y como fin la vida eterna¹³. Pero como por otra parte los que no gozan de una cierta familiaridad con las sagradas Escrituras pueden entender la expresión «vida eterna» aplicada a los malvados, sea en el sentido de algunos filósofos, que defienden la inmortalidad del alma; sea incluso como la cree nuestra fe, que a los impíos les asigna interminables castigos -de hecho no podrán sufrir eternos castigos más que viviendo eternamente-; he ahí por qué el fin de esta ciudad, en el que consistirá el bien supremo, lo debemos llamar «la paz de la vida eterna», o bien «la vida eterna en paz». Así será más fácil su comprensión para todos.
Tan estimable es la paz, que incluso en las realidades terrenas y transitorias normalmente nada suena con un nombre más deleitoso, nada atrae con fuerza más irresistible; nada, en fin, mejor se puede descubrir. Voy a hablar con cierto detenimiento de este tesoro que es la paz. Estoy seguro de que no me haré pesado a los lectores: lo pide el fin de esta ciudad de la que estamos tratando; lo pide aquello mismo que a todos nos es tan grato: la propia dulcedumbre de la paz.
CAPÍTULO XII