La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Imaginemos un hombre con los rasgos que le atribuye el canto de la poesía ficticia de las fábulas. Quizá por su insociable salvajismo nos apetecería, en lugar de hombre, llamarlo semihombre. Su reino estaba reducido a la espantosa soledad de una caverna. Tan conocida era su maldad, que no tenía otro nombre sino el de Malo -que es lo que en griego significa κακός, su nombre propio-. Sin esposa con quien intercambiar unas blandas palabras, sin hijo alguno con quien entretenerse durante su infancia y educarlo en su adolescencia. Sin disfrutar de una amistosa conversación, ni siquiera la de su padre, Vulcano, cuya felicidad hubiera podido aventajar al menos en esto: en no haber engendrado él otro monstruo semejante. Jamás daba nada a nadie; al contrario, robaba lo que le venía en gana a quien podía y cuando podía. Con todo, en su antro solitario, cuyo suelo, según la descripción, estaba siempre caliente de la sangre de alguna matanza reciente, nada ansiaba sino la paz, una paz en la que nadie le molestase ni turbase su reposo con violencias o amenazas. Deseaba, en fin, estar en paz con su propio cuerpo, y cuanto más lo estaba, tanto mejor se sentía. En efecto, daba órdenes a sus miembros obedientes; y cuando era necesario apaciguar cuanto antes su naturaleza mortal, sublevada contra él por la indigencia, y provocando la rebeldía del hambre para apartar y excluir el alma del cuerpo, robaba, mataba, devoraba. Salvaje y feroz como era, cuidaba, sin embargo -de una manera salvaje y feroz-, de tener en paz su vida y su salud. Si la misma paz que él procuraba tener en su caverna y en sí mismo la hubiera querido tener también con los demás, nunca le hubiéramos llamado malo, ni monstruo, ni semihombre. Y si la deformidad de su cuerpo y las horrendas llamas que vomitaba alejaban de su compañía aterrorizados a los hombres, quizá su crueldad no partía tanto de una pasión por hacer daño cuanto de una necesidad de sobrevivir.