La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero este hombre no existió en realidad, o -más verosímil aún- no existió con los rasgos que nos ha dibujado la huera poesía. Porque si Caco no hubiera sido acusado excesivamente, los elogios a Hércules se quedarían cortos. De hecho, un hombre de tal calaña -mejor, un semihombre, ya lo he dicho- no lo creemos real, como tantas y tantas fantasías de los poetas. Las mismas fieras, en su mayor crueldad -él también participó de su fiereza: se le llamó, además, semifiera-, custodian la propia especie con una cierta paz: conviven juntas, se fecundan, paren, cuidan y nutren a sus cachorros, siendo en su mayoría insociables y hurañas. No, por cierto, como las ovejas, los ciervos, las palomas, los estorninos, las abejas, sino más bien como los leones, las zorras, las lechuzas. ¿Qué tigre no arrulla, manso, a sus cachorros, y los acaricia blandamente, olvidado de su fiereza? ¿Qué milano, por muy solitario que vuele sobre su presa, no fecunda a su pareja, y entreteje el nido, incuba los huevos y alimenta a sus polluelos, y conserva, como si fuera para con su propia madre, la hogareña convivencia con toda la paz que le es posible? ¡Cuánto más el hombre se siente de algún modo impulsado por las leyes de su naturaleza a formar sociedad con los demás hombres y a vivir en paz con todos ellos en lo que esté de su mano! ¡Si hasta los mismos malvados emprenden la guerra en busca de la paz para los suyos! Si les fuera posible, someterían bajo su dominio a todos los hombres para que todo y todos estuvieran al servicio de uno solo. ¿Qué les mueve sino el que acepten estar en paz con él, sea por amor, sea por temor? ¡He aquí cómo la soberbia trata de ser una perversa imitación de Dios! Detesta que bajo su dominio se establezca una igualdad común, y, en cambio, trata de imponer su propia dominación a sus iguales en el puesto de Dios. Detesta la justa paz de Dios, y ama la inicua paz impuesta por ella misma. Pero lo que no puede lograr de manera alguna es dejar de amar la paz de una forma u otra. No existe vicio tan contrario a la naturaleza que borre incluso sus últimos vestigios.