La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Los desgraciados, por tanto, que en cuanto tales ciertamente no están en paz, no gozan de la tranquilidad del orden, sin perturbación alguna. Sin embargo, como su desgracia es merecida y justa, tampoco pueden estar en ella misma fuera de un orden. No unidos, por supuesto, a los bienaventurados, sino separados de ellos, pero siempre por la ley del orden. Éstos, en cuanto están exentos de turbación, se ajustan a la situación en que están con una cierta adaptación. Por eso en ellos queda un resto de la tranquilidad del orden, un resto de paz. Y si es verdad que por gozar de una relativa seguridad se disminuyen sus sufrimientos, en realidad son desgraciados, puesto que no se encuentran donde ya deben estar seguros y sin padecimiento. Pero todavÃa serÃan más desgraciados si no están en paz con la misma ley que regula todo el orden natural. Cuando sufren, tiene lugar la perturbación de la paz en la parte afectada por el sufrimiento. En cambio, todavÃa subsiste la paz en la parte que no atenaza el sufrimiento ni sufre alteración su integridad. Porque asà como se da una vida sin dolor, y el dolor no puede darse sin vida alguna, de idéntica forma puede existir una paz sin guerra, pero jamás una guerra sin alguna paz. No en cuanto a la guerra en sÃ, sino desde el punto de vista de la planificación de quienes la llevan a cabo por uno u otro bando, todo lo cual tiene una existencia como naturalezas que son. Y éstas no podrÃan existir en modo alguno si no permanecieran bajo alguna paz, llámese como quiera.