La Ciudad de Dios

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2. Consiguientemente existen naturalezas en las que no hay mal alguno, e incluso en las que no lo puede haber. En cambio, una naturaleza en la que esté ausente todo bien no puede darse. Y, por tanto, ni siquiera la naturaleza del diablo, en cuanto tal naturaleza, es un mal. Ha sido su perversidad la que lo ha hecho malo. De hecho, él no se mantuvo en la verdad, pero no pudo escapar al juicio de la verdad14. No se mantuvo en la tranquilidad del orden, pero tampoco pudo huir del poder del ordenador. El bien divino que él participa por naturaleza no lo sustrae a la justicia de Dios, la cual le pone orden en el castigo. Y Dios aquí no persigue al bien por Él creado, sino al mal por el diablo cometido. Ni tampoco le retira a la naturaleza todo lo que le dio, sino que le priva de algo, y algo le deja para que haya quien sufra por lo que le falta. El mismo dolor es un testimonio del bien sustraído y del bien que aún permanece. De otro modo, el bien que permanece nunca podría dolerse del bien que le falta. La maldad del que peca es tanto más refinada cuanto más se complace en el daño cometido contra la justicia. El que sufre una tortura, si con ella no consigue bien alguno, se duele del detrimento causado a su salud. Y como la justicia y la salud son bienes ambos, y de la pérdida del bien hay que dolerse, más bien que alegrarse (a no ser que tenga lugar una compensación mejor; por ejemplo, mejor es la justicia del espíritu que la salud del cuerpo), se deduce, por consiguiente, que es mucho más ordenado el dolor del malvado en el suplicio que su gozo en el delito cometido. La alegría de la deserción del bien es testimonio en el pecado de una malvada voluntad, así como el dolor del bien perdido es testimonio en el castigo de una naturaleza buena. El que sufre la paz perdida de su naturaleza sufre en virtud de los restos de paz que le hacen posible el sentir como algo deseable la misma naturaleza. En el supremo castigo justamente sucede que los inicuos e impíos deploren en sus tormentos los daños ocasionados a los bienes de su naturaleza, conscientes de que sus privaciones vienen de Dios con la mayor justicia, por ser despreciado en su amabilísima generosidad.


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