La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Incomparablemente más gloriosa es la ciudad celeste: allí la victoria es la verdad; el honor, la santidad. Allí la paz es la felicidad; la vida, la eternidad. Si a ti te dio vergüenza admitir en tu compañía a esos hombres, mucho menos admite ella en la suya a tales dioses. Así que si sientes deseos de entrar en la ciudad bienaventurada, apártate de la compañía de los demonios. Es indigno que hombres honrados den culto a quienes se aplacan por personas viles. ¡Quítalos de en medio de tu religión por la purificación cristiana, como quitaste de en medio de tu honor a los histriones por certificación del censor!
No tienen estos demonios el poder que se les atribuye sobre los bienes corporales, objeto exclusivo del placer de los malvados; ni sobre los males corporales, objeto exclusivo de rechazo para ellos. Es más, aunque lo tuvieran, sería preferible despreciar tales bienes o males antes que darles culto por su causa y, como resultado, vernos en la imposibilidad de conseguirlos por envidia de los dioses. Pero tampoco en los valores de aquí abajo tienen ellos el poder que los paganos les atribuyen. Ellos insisten en la necesidad de venerarlos para alcanzar estos bienes. Trataremos el tema más adelante. Ahora pongamos fin a este libro.
LA CIUDAD DE DIOS
CONTRA PAGANOS