La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Cuando haya llegado a este su destino, ya no vivirá una vida mortal, sino absoluta y ciertamente vital. Su cuerpo no será ya un cuerpo animal, que por sufrir corrupción es lastre del alma, sino un cuerpo espiritual, libre de toda necesidad, sumiso por completo a la voluntad. En su caminar según la fe por país extranjero tiene ya esta paz, y guiada por la fe vive la justicia cuando todas sus acciones para con Dios y el prójimo las ordena al logro de aquella paz, ya que la vida ciudadana es, por supuesto, una vida social.
CAPÍTULO XVIII
Incertidumbre de la Nueva Academia. Su enorme diferencia con la firmeza de la fe cristiana
Examinemos la famosa diferencia que Varrón señala como característica de los neoacadémicos. Para ellos nada se sabe con certeza. Pues bien, la ciudad de Dios repudia una tal duda como una falta de sentido. Asegura la más firme certeza en el conocimiento de las realidades captadas por la inteligencia y la razón, cuyos límites, no obstante, reconoce a causa del cuerpo corruptible, que es lastre del alma, según aquel dicho del Apóstol: Limitado es nuestro saber24. Da crédito a los sentidos de los que se sirve el alma a través del cuerpo cuando éstos perciben algo con evidencia, porque más lastimosamente se engaña quien tiene por principio no darles fe jamás.