La Ciudad de Dios

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Cree, además, en las santas Escrituras, tanto las antiguas como las nuevas, que llamamos canónicas. Ellas constituyen el origen de la fe misma, esa fe que es de la que vive el justo25; esa fe gracias a la cual caminamos sin titubeos durante el exilio lejos del Señor26. Quedando a salvo y sin vacilaciones esta fe podemos mantener la duda, sin sentirnos culpables, en una serie de realidades que, sin ser percibidas por el sentido ni la razón, ni esclarecidas por la Escritura canónica, ni garantizadas por testigos -no darles crédito sería una incongruencia-, pero que han llegado a nuestro conocimiento.

CAPÍTULO XIX

Maneras de ser y de obrar del pueblo cristiano

No tiene importancia en esta ciudad, al abrazar la fe que nos lleva a Dios, se adopte un género de vida u otro, con tal que no sean contrarios a los preceptos divinos. Incluso a los mismos filósofos, cuando se hacen cristianos, no les impone unas maneras de comportarse o de vivir que ningún impedimento suponen para la religión; les obliga únicamente a cambiar sus falsas creencias. Aquel distintivo que Varrón señaló característico de los cínicos, si no lleva consigo alguna torpeza o algún desarreglo, no le preocupa en absoluto.


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