La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Siendo, pues, el bien supremo de la ciudad de Dios esta paz eterna y perfecta -no la otra por la que atraviesan los mortales naciendo y muriendo, sino aquella en la que permanecerán inmortales, lejos de todo padecimiento, de toda adversidad-, ¿quién se atreverá a negar que una tal vida es perfectamente bienaventurada, y que la otra que transcurre en esta tierra, por muy colmada que esté de todos los bienes espirituales, corporales y materiales, es totalmente desgraciada? Con todo, si uno vive esta vida ordenándola a aquella otra que ama ardientemente y espera con plena fidelidad, no sin razón se le puede llamar ahora ya feliz, más bien por la esperanza aquélla que por la realidad ésta. De hecho, esta realidad sin aquella esperanza es una engañosa felicidad y una gran desventura: no ofrece al alma los verdaderos bienes, puesto que ella no es la sabiduría auténtica, que sabe elegir con prudencia, realizar con fortaleza, regular con templanza y distribuir con justicia. Le falta estar ordenada hacia aquel fin donde Dios lo será todo para todos28 en una eternidad segura y en una paz perfecta.
CAPÍTULO XXI
Según las definiciones que Escipión da en el diálogo de Cicerón, ¿ha existido alguna vez el Estado romano?