La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Podrán replicar que el Estado romano no se entregó a los espíritus impuros, sino a los dioses buenos y santos. ¿Habrá que repetir de nuevo una y otra vez los mismos argumentos que ya hemos expuesto suficientemente, incluso hasta la saciedad? Si alguien ha llegado en su lectura hasta aquí, pasando por libros anteriores, ¿podrá quedar todavía con la menor sombra de duda de que los romanos han adorado a dioses perversos e inmundos, a menos que se trate de un estúpido en grado superlativo, o de un intrigante sinvergüenza? Pero, en fin, voy a callarme sobre la casta de esos seres a quienes ellos ofrecían sacrificios; que hable la ley del Dios verdadero, donde leemos: El que ofrezca sacrificios a los dioses, fuera del Señor, será exterminado29. No ha permitido el sacrificio, pues, ni a los dioses buenos ni a los malos quien da este precepto con una amenaza de tal gravedad.
CAPÍTULO XXII
¿Es el Dios a quien veneran los cristianos el verdadero, el único digno de sacrificios?