La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Se podrá replicar: «¿Qué Dios es éste? ¿Cómo se prueba que es a éste a quien los romanos le deben acatamiento y que a ningún otro dios deben honrar con sacrificios?». ¡Oh ceguera consumada! ¡A estas alturas preguntarse todavía quién es este Dios! Éste es el Dios cuyos profetas han anunciado todo lo que ahora nosotros estamos viendo. Éste es el Dios de quien Abrahán recibió esta respuesta: Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones30. Lo cual se cumple en Cristo, que nació, según la carne, de tal descendencia, como bien saben, quiéranlo o no, los mismos que han permanecido enemigos de este nombre. Éste es el Dios cuyo divino Espíritu ha hablado por los profetas, y de cuyas predicciones ya cumplidas en la Iglesia extendida -como veremos- por todo el orbe he hablado en los libros anteriores. Éste es el Dios a quien Varrón, el más sabio de los romanos, confunde con Júpiter, aunque sin saber lo que dice. Y me ha parecido oportuno citar aquí su opinión, puesto que un hombre de tan vasta erudición no ha sido capaz de dudar de la existencia de este Dios ni de su dignidad. Ha creído que tal Dios existe y lo ha tenido por el dios supremo. Éste es, en fin, el mismo Dios a quien Porfirio, el más sabio de los filósofos -y también el más acérrimo enemigo de los cristianos-, declara ser el gran Dios, según los oráculos de quienes él tiene por dioses.
CAPÍTULO XXIII