La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Y nadie se vaya a pensar que el precepto de no sacrificar a los dioses queda reducido a los malignos demonios y a los espíritus terrenos, citados por Porfirio como «insignificantes» o «inferiores». De hecho, en las santas Escrituras se les llama dioses, no de los hebreos, sino de los gentiles, por ejemplo en aquel salmo que tradujeron los Setenta: Porque todos los dioses de los gentiles son demonios³². Pues bien, para que nadie se creyera que la prohibición de sacrificar se reducía a estos demonios, y que a los espíritus celestiales, todos o parte de ellos, sí les estaba permitido, añadió en seguida: excepto sólo al Señor (es decir, únicamente el Señor: no sea que al leer alguien Domino soli -sólo al Señor- entienda que Dios es el sol, a quien se deben sacrificios. Claro que en la versión griega de la Escritura queda descartado este sentido con suma facilidad).